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EL AMOR QUE NOS LLEVA LEJOS
PROMESAS ENTRE LA NIEBLA
"Sumérgete en los momentos que definieron su historia. Cada capítulo es un fragmento del viaje, una promesa susurrada en la niebla. Descubre los inicios de un amor destinado a desafiarlo todo."
Riobamba despertaba bajo un manto de niebla, un velo fantasmal que desdibujaba los contornos y envolvía el invierno en un abrazo de misterio. Nicole Vidales, una joven analista financiera en Petro, se adentraba en las calles empedradas, sintiendo el aliento gélido de la mañana acariciar sus mejillas. Su bufanda de lana, tejida con el amor de su abuela, apenas lograba protegerla del frío que se filtraba hasta el alma. La niebla, densa y opaca, se deslizaba entre las fachadas coloniales, transformando la ciudad en un laberinto silencioso y etéreo.
Luis sonrió al leer la respuesta. No solo por la confirmación del café, sino por la honestidad que emanaba de cada palabra, por la valentía que demostraba al admitir que algo estaba cambiando entre ellos. Sabía que había logrado tocar una fibra sensible en Nicole, que había logrado romper la barrera de la formalidad y la distancia profesional. Sentía una conexión profunda, un lazo invisible que los unía más allá de lo profesional, un destino compartido que comenzaba a revelarse. Y sabía que pronto descubrirían la verdad que latía entre ellos, un amor que florecía en medio del frío y la niebla, un amor que los llevaría lejos, muy lejos, hacia un futuro incierto pero lleno de promesas.
Mientras tanto, en Guayaquil, Luis caminaba solitario por el Malecón 2000 bajo un cielo plomizo y opresivo. El calor húmedo le pegaba la camisa a la espalda como una segunda piel, y el intenso olor a salitre que emanaba del río Guayas, lejos de resultarle ajeno, le evocaba un recuerdo persistente: Nicole. No podía evitarlo. Su imagen se le había incrustado en la mente como una espina que ni el tiempo ni la distancia lograban arrancar. “Es todo lo que no debería desear… pero también todo lo que mi corazón anhela con desesperación.”.
El departamento de Nicole en Riobamba la recibió con el aliento frío del olvido y un aroma a polvo y memorias estancadas. Era un espacio que parecía hibernar, aguardando un despertar que se demoraba. El frío de la noche serrana se filtraba como un espectro helado a través de las ventanas, susurrando entre los cristales melodías de desolación. El silencio resonaba, pesado, casi tangible, roto únicamente por el latido insistente del reloj de pared. Tic-tac, un pulso mecánico e implacable que medía el tiempo detenido, el tiempo que ella sentía haber perdido.
Los días previos a la graduación de Nicole se habían convertido en una guerra silenciosa dentro de su hogar. Las conversaciones con su madre eran frías y tensas, su hermana apenas le dirigía la palabra y, lo peor de todo, Jorge seguía presente en su entorno, como una sombra persistente que su familia se empeñaba en mantener a su lado. Pero lo que Nicole no sabía era que la ofensiva en su contra no se limitaba a su hogar
—Primera llamada para los pasajeros con destino a Bogotá, vuelo 512. Presentarse en la puerta de embarque 1. No olviden sus documentos.
Con un suspiro, se dirigió a la sala de embarque. Ya instalado en el asiento 3A, observó por la ventanilla cómo el avión comenzaba a desplazarse. El rugido de los motores rompió el silencio, y poco a poco, el hotel donde tantos recuerdos habían quedado grabados se desvaneció en la distancia. Cerró los ojos y pensó en la promesa que había hecho, en las tareas que le esperaban, en la incertidumbre del futuro.
Las horas se desvanecían en el bullicio de Bogotá mientras Luis se sumergía en el torbellino de reuniones, entregas urgentes y plazos que parecían devorarlo sin piedad. El proyecto se tornaba cada vez más complejo, y su equipo luchaba contra el tiempo como navegantes perdidos en una tormenta. Sin embargo, por más que intentara concentrarse en el trabajo, el recuerdo de Nicole persistía, aferrándose a él con la misma tenacidad que el aroma de su perfume impregnado en su camisa aquella última noche en Ambato.
El teléfono de Luis vibró sobre el escritorio. Mensajes de Nicole llegaban como un bálsamo en medio de su agotamiento: palabras de aliento, confesiones de amor, frases llenas de ternura que le recordaban lo que realmente importaba. Pero el trabajo no daba tregua; su agenda estaba saturada de reuniones, plazos por vencer y problemas que se apilaban como un muro infranqueable. Aun así, había algo que lo mantenía en pie: la promesa de asistir a la graduación de Nicole. Aquel pensamiento le llenaba de ilusión, era su refugio en medio del caos.
Luis llegó a Quito con el corazón aun latiendo al ritmo del último beso de Nicole. El trayecto desde Latacunga había sido un torbellino de emociones: la nostalgia, el anhelo y la dulce promesa de un futuro juntos. Cuando cruzó la puerta de su departamento, dejó caer la maleta y se dejó caer en el sofá con un suspiro profundo. No habían pasado ni dos horas desde su despedida y ya la extrañaba con una intensidad abrumadora.El sonido del teléfono lo sacó de su ensoñación. Era Nicole.
—Hola, mi amor —su voz era un susurro cargado de emoción—. ¿Llegaste bien?
Luis sonrió, cerrando los ojos mientras se imaginaba su rostro iluminado por la tenue luz de su habitación.
—Sí, acabo de llegar. Pero no puedo dejar de pensar en ti, Nicole. Aún siento tu abrazo, aún huelo tu perfume en mi ropa.
Ella dejó escapar una risa suave, aunque en el fondo se percibía una melancolía latente.
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